6 feb 2017

Cómo se hace un orador

La primera vez que aquel griego desconocido subió a una tribuna provocó chanzas y risas. Tiene una voz oscura, dijeron unos, tartamudea, denunciaron otros, encoge los hombros como si tuviera pulgas, se mofaron otros más. Pero él no se rindió, estaba acostumbrado a defender con argumentos aquello en lo que creía. Prueba de ello era su corta biografía en la que destacaba la lucha exitosa que llevó contra los fideicomisarios que abusaron de la herencia que su padre había dejado a un hijo huérfano de 7 años y que mostró lo dotado que estaba aquel joven para la oratoria. Y se dice que no se rindió, porque, cuentan las crónicas, que se impuso una disciplina severa que se ha hecho célebre: se ejercitaba en la dicción con piedrecitas en la boca para mejorar la elasticidad y sonoridad de la cavidad bucal y, por ende, el tartamudeo, acudía a la playa para hacerse oír a pesar del murmullo de las olas, se afeitaba media cabeza para obligarse a no salir y permanecer encerrado meditando y preparándose. Incluso se cuenta que copió de su puño y letra ocho veces la Historia de la guerra del Peloponeso del historiador Tucídides. Y ¿qué decir de sus movimientos convulsivos? Lo arregló por la tremenda, ya que ensayaba discursos en un espacio angosto con una lanza suspendida a la altura de sus hombros para que le hiriera en caso de elevarlos instintivamente. El caso es que aquel joven nacido en Peania, pueblo de la tribu Pandionida, en el Atica, núcleo duro de la cultura helénica, fue capaz se llegar a ser el más grande orador de la antigua Grecia. Y no se puede poner en duda esta afirmación, que hablamos de Demóstenes

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