Cómo se hace un orador
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La
primera vez que aquel griego desconocido subió a una tribuna provocó
chanzas y risas. Tiene una voz oscura, dijeron unos, tartamudea,
denunciaron otros, encoge los hombros como si tuviera pulgas, se
mofaron otros más. Pero él no se rindió, estaba acostumbrado a
defender con argumentos aquello en lo que creía. Prueba de ello era
su corta biografía en la que destacaba la lucha exitosa que llevó
contra los fideicomisarios que abusaron de la herencia que su padre
había dejado a un hijo huérfano de 7 años y que mostró lo dotado
que estaba aquel joven para la oratoria. Y se dice que no se rindió,
porque, cuentan las crónicas, que se impuso una disciplina severa
que se ha hecho célebre: se ejercitaba en la dicción con
piedrecitas en la boca para mejorar la elasticidad y sonoridad de la
cavidad bucal y, por ende, el tartamudeo, acudía a la playa para
hacerse oír a pesar del murmullo de las olas, se afeitaba media
cabeza para obligarse a no salir y permanecer encerrado meditando y
preparándose. Incluso se cuenta que copió de su puño y letra ocho
veces la Historia
de la guerra del Peloponeso
del historiador Tucídides. Y ¿qué decir de sus movimientos
convulsivos? Lo arregló por la tremenda, ya que ensayaba discursos
en un espacio angosto con una lanza suspendida a la altura de sus
hombros para que le hiriera en caso de elevarlos instintivamente. El
caso es que aquel joven nacido en Peania, pueblo de la tribu
Pandionida, en el Atica, núcleo duro de la cultura helénica, fue
capaz se llegar a ser el más grande orador de la antigua Grecia. Y
no se puede poner en duda esta afirmación, que hablamos de
Demóstenes
____ o ____
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