18 mar 2026

A buscar amigos

Juanito había encontrado un amigo de su edad donde menos se lo esperaba, en el pozo artesiano de la aldea. Todos los días se acercaba al brocal y entablaba conversación con él. Le gustaba cómo reía y gesticulaba, aunque no le hablara. Debe ser mudo, como Antoñito, el hijo de Esmeralda, se decía. Cada vez que alguien se acercaba a por agua le avisaba. Escóndete, que te van a ver. Cuando se iban le llamaba y de nuevo reanudaban sus juegos. Tuvo un disgusto un día de verano, cuando el pozo se secó y se lo contó a su madre. Esta se percató de la ensoñación y se lo contó al cura y al boticario. Uno le aconsejó rezar y dejar limosnas Santa Dimpna, patrona de las personas que sufren enfermedades mentales y cuya vida, por cierto, merece un relato aparte. El otro, con más sentido común, le pidió al alcalde que pusiera un espejo en la parte superior del pozo, capaz de reflejar luz del sol en el fondo de la lámina de agua. Así se rompió el hechizo y el niño, sin entender nada, se quedó sin amigo. Anda, juega con Antoñito, le aconsejaba la madre. El niño se marchó enfurruñado y ya no le contó a nadie más que los días nublados su amigo venía al pozo a saludar a Juanito. Bueno, sí, se lo contó a Antoñito, que ése no se chivaba de nada.
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