El profesor de Filología preguntó a sus alumnos cuál pensaban que podía ser el gentilicio de los habitantes de Singapur. Uno de Madrid dijo que singapureños, el de Córdoba que singapureses, el de Valencia que singapuranos, el de Santander que singapurinos, el de Villacencio que singapurunos... Vale, vale, les cortó el docente. Alabo su intuición y su fidelidad a los sufijos hispanos, pero siento decepcionarles. Allí se habla inglés, mandarín, malayo y tamil, que yo sepa. Y parece que se refieren a sí mismos como singaporean, 新加坡共和国 (chino) Xīnjīapō Gònghéguó Republik Singapura (malayo) சிங்கப்பூர குடியரசு (tamil). No me pidan que lea o explique lo que aparece en pantalla. Nuestro saber es limitado y éstas son cosas inextricables de las lenguas de este mundo poliédrico. Abran los ojos y disfruten de no entender ni pizca, pero eso sí, no seré tan condescendiente con sus conocimientos de la lengua en la que hablo. Y así quedó inaugurado el curso.
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