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Juan Badaya, domador de dinosaurios
Es cierto que detrás de cada ser humano se esconde una historia, pero no es menos cierto que a cada persona le acompañan otras muchas más historias, tantas cuantas dinosaurios encuentra en cada despertar...
24 ago 2026
La Perejila
Así se llama la vendedora del puesto de legumbres de la plaza de San Fernando. Es el nombre que ha heredado de su madre, su abuela y de no se sabe cuántas antepasadas. Su puesto se compone de una silla donde asienta sus posaderas, unos sacos siempre abiertos donde muestra su mercancía y una lona que, atada por un lado a las cartolas de un carro y por el frente a una farola de la calle, protege a la mercancía y a ella del sol y de la lluvia ocasional. Tiene una lengua muy suelta y una cabeza ocurrente, por lo que no faltan curiosos y compradores en el puesto. Ayer, por ejemplo, me acerqué allí y vi cómo separaba los garbanzos negros de un saco y se los tiraba al burro que tenía detrás ramoneando en un arbusto. Un paisano no pudo resistir la curiosidad. Perejila, falta le hacen al pollino, que lo tienes muy flaco. Bien listo que se ha vuelto, respondió. Pocos garbanzos te dieron de pequeño, ahora te vendría bien a ti para mejorar tu inteligencia, que tu familia... Para, para, se defendió el aludido. Dame un kg. Las risas acompañaron la venta, pero todos acabamos comprando algo ante la amenaza de La Perejila. El que no me compre garbanzos se queda tonto para toda la vida, si no, fíjense en el burro. Todos miramos al asno y, oh sorpresa, vimos que llevaba puestas unas gafas que parecían, por lo menos, graduadas. De verdad, parecía un CEO.
21 ago 2026
Rodeado de sospechosos
Viajaba en el tren en un trayecto largo de esos que dan para charlar con otros pasajeros, mirar el paisaje, tomarse un tentempié e incluso dormir. Dormir, eso es lo que me pasó. Cerré los ojos y no sé el tiempo que estuve totalmente perdido en los brazos de Morfeo. Al despertar vi que algunos me estaban imitando, otros seguían en vela impasibles. De pronto me entró una angustia al comprobar que no tenía el móvil. Registré mis bolsillos, miré en el suelo, en mi asiento y no lo hallé. Me lo han robado, pensé. Escruté la cara de todos y todos se convirtieron en sospechosos, en todos vi indicios de la autoría, a todos odié y temí, de todos hice hipótesis que les incriminaban. Al poco noté un sonido suave y familiar que siguió in crescendo. El corazón me dio un vuelco y la sensación de alivio ocupó mi mente. Palpé uno de los bolsillos de mi chaqueta que no había revisado antes y allí, efectivamente allí, estaba el causante de mi zozobra. Otra sensación empezó a dominarme. Me sentí un miserable.
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19 ago 2026
Unas ven otros no ven
La mujer salió al balcón y estuvo un rato disfrutando del paisaje, las montañas, los árboles y el río esquivo que apenas se dejaba ver. Se sintió sumida en una paz reconfortante. Al volver al interior de la casa se quedó sorprendida al ver un mosquito aplastado contra el dintel de la puerta. Juan, gritó, ¿has visto este cadáver? El marido se acercó curioso. Sí, es un mosquito que aplasté con la zapatilla una noche. ¿Hace cuánto? Una semana, creo. Y ¿no lo has visto desde entonces? Todos los días lo veo. ¿Y no se te ocurre quitarlo de ahí? Se encogió de hombros, se quitó la zapatilla de andar por casa, la restregó con toda su buena voluntad en la madera y se la calzó de nuevo. ¡So cerdo, sacude por el balcón la zapatilla! El hombre se encogió de hombros, lanzó lo que quedaba de mosquito a la calle y se metió en casa a ver un partido del mundial de fútbol. Ella se acodó en la barandilla y trató de recuperar la paz perdida.
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17 ago 2026
A veces triunfa la verdad
Lucía fue injustamente acusada de robar. Frecuentemente faltaban cosas en las mochilas de sus amigas y toda la clase se puso en guardia. La maestra habló de registrar las mochilas al salir y aquello parece que se calmó. No obstante, las sospechas circulaban de boca en boca y, sin pruebas, comenzó a rodar la acusación infundada de que había sido ella. Nada se puede hacer para demostrar mi inocencia, lloraba en casa la niña. ¿Cómo que no?, protestó la madre. Mañana iré yo a aclararlo con la maestra. Y así lo hizo. Ambas admitieron que a niña lo negaba todo, que sufría por ello y ambas la apoyaron, pero más no se puedo hacer. Así que Lucía vivió siempre con ese sambenito. Pasaron los años y vida siguió dando vueltas, pero en una fiesta donde la desinhibición campa a sus anchas una antigua compañera le desveló entre risas que la ladrona era ella, que eso eran cosas de crías, que no tenía importancia. Lucía se quedó atónita y solo acertó a tirarle a la cara todo el vaso de cerveza que tenía entre manos. Qué rencorosa eres, oyó que le decían. Te estoy pidiendo perdón. Días más tarde en una red, que visitaban la mayoría de excompañeras de estudios de las citadas, apareció una entrada que decía: Mirad a Lucía con otros ojos, ella no fue la ladrona en 6º de Primaria, fue Araceli, repito, A-ra-ce-li. Se lo confesé yo misma hace unos días. Yo solo quiero quitarme de encima un peso que he llevado en los últimos 10 años. Desde hoy, por favor y por honradez, miradla con otros ojos. Ella se lo merece.
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14 ago 2026
Meiying
El otro día, Machuca, Badaya me contó un cuento precioso. Y ¿no lo va a escribir en el blog? No, que dice él que no hace plagios. Explica. Pues resulta que es un cuento chino tradicional, de autor desconocido, y que no quiere presumir de lo que escribieron otros. Vale, vale, pero cómo es. Te lo resumo. Mira, era una vez un príncipe en edad de casarse que no tenía claro con quién. Le dio muchas vueltas y pensó que su prometida, además de guapa, sana e inteligente, debía poseer alguna virtud especial. Cuando lo vio claro citó en la corte a todas las mujeres del reino que quisieran “opositar”, o como se dice ahora, hacer un casting. Jopé, qué animado, decía Machuca. Pero no veas lo que hizo. Les dio a todas una pequeña maceta donde él había enterrado unas semillas y las citó de nuevo con esta promesa: Quién dentro de 6 meses me traiga la flor más hermosa, esa será la elegida. Entre las aspirantes a consorte estaba la hija de la cocinera real, era trabajadora, inteligente y muy humilde, quizás demasiado humilde. Esta chica puso mucho empeño en cuidar la maceta y no consiguió nada, allí ninguna flor asomaba la cabeza, por más que la cuidó y mimó. No me digas, Simón, que esta va a ser la princesa. Calla, no seas ansioso. Lo que pasó el día del encuentro fue que todas las candidatas llevaron flores hermosas hasta cansar la vista del príncipe que se paseó por delante de todas. Cuando llegó donde estaba la hija de la cocinera, se detuvo y preguntó: ¿Cómo no traes una flor? Entre lágrimas le confesó la verdad. Y ante el estupor de los presentes el príncipe la tomó del brazo y la subió al balcón del palacio donde explicó lo que todas las chicas presentes se estaban preguntando. ¿Por qué ella? Yo adoro la sinceridad y la honradez, algo que Meiying posee. Yo no puse ninguna semilla en las macetas, todas no escondían vida en su interior. La única que ha actuado con honestidad ha sido ella. ¡Viva la reina!, gritó el príncipe. En fin, Machuca, te puedes imaginar que solo los cortesanos aplaudieron. Todas las pretendientas lloraban y la que más, la humilde Meiying. ¿Te ha gustado el cuento que no quería escribir Badaya? Mucho, respondía Machuca con una sonrisa de oreja a oreja. Pero qué romántico eres, jubileta, se burlaba el abuelo Simón. Y ambos quedaron callados un buen rato envueltos en el suave rumor de las hojas temblonas del árbol de las confidencias.
NOTA: En chino mandarín Meiying es flor hermosa.
NOTA: En chino mandarín Meiying es flor hermosa.
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12 ago 2026
Cerebro en off
Se subió a la bicicleta, ajustó los rastreles como en los viejos tiempos, palpó el botellín de agua, se colocó bien las gafas, la gorra y empezó a pedalear sudando pronto la gota gorda. Recordó el día que subió el Galibier en tercera posición, cómo lo vitoreaban los espectadores, cómo alguien le daba un empujoncito y cómo al llegar a la cima le dieron un periódico para enfundárselo bajo el maillot y aguantar el frío que le provocaba el sudor de su cuerpo al chocar con el viento. Estaba pletórico, aquel era un mundo donde sufría como un perro y gozaba como un ave rapaz meciéndose en las corrientes de aire que le arrastraban por el cielo. Hasta que sintió un pinchazo en el pie que le hizo soltar el pedal. ¡Ay!, protestó. Abrió los ojos para saber qué o quién era y una voz lo acercó a la realidad. ¡Ha despertado! ¡Ha salido del coma! Intentó moverse, intentó gritar. Imposible, se sintió atado a una cama y se vio cosido a tubos que le mantenían vivo. Allí estaba su mujer, envejecida, quieta y silenciosa soltando unos lagrimones enormes y enseguida estuvo rodeado de sanitarios que aplaudían y le daban golpecitos. No siento nada, no me puedo mover, quiso decir, pero no emitió sonido alguno. Confuso, acabó entendiendo las lágrimas de su mujer y adivinó que su futuro era negro, muy negro. Cerró los ojos y se concentró en la bajada del Galibier, trazando las curvas con temeridad, queriendo pillar a los dos escapados que iban por delante y ver si la victoria era suya o no. Esa era la batalla que quería ganar y no volver a aquel mundo agitado que había visto en un fogonazo de consciencia. Y vio que llegaba primero, que levantaba los brazos, que le abrazaban, que le llenaban la boca de agua, que decían su nombre. Y despertó de verdad, vaya que sí despertó. Digamos que para siempre.
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