28 ago 2026

Precursor olvidado

Cuentan que Noé atracó su arca flotante sin quererlo, dado que las aguas descendieron y no le quedó más remedio. Allí soltó a todos sus animales y se repartieron por el mundo dejando al bueno de Noé sin ocupación. Total, que no le quedó más remedio que cultivar la tierra que era la posibilidad laboral más a mano que tenía. Y metido en estas lides, aprendió a hacer zumo de uva, con el que se deleitaba él y, por supuesto, toda la familia. Pero ¿qué pasó un día? Pues que tuvo excedente de producción y dejó olvidada una tinaja con el jugoso líquido. Y pasó algo que no sabía. Ocurrió que tras dos semanas el zumo fermentó, se posaron en el fondo los pellejos y otras impurezas y quedó un líquido claro y de color rojo profundo que se dejaba beber más que bien, tanto que se emborrachó quedándose profundamente dormido y, lo que es peor, desnudo. Algo que avergonzó a todos los hijos, menos a uno que fue con el cuento y la mofa por ahí y resultó ser el malo de la historia. No sigo con el resto del relato bíblico, que me quiero centrar en el ninguneo de este buen hombre. Hay que reconocer que Noé descubrió el vino, algo que la humanidad ha sabido agradecer, aun no sabiendo quién fue el autor. Va por él.
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26 ago 2026

Estupefacto

Concertó una cita, bien cara, por cierto, con un adivino que le asó a preguntas. Que si usted cómo se llama, que dónde trabaja, qué ingresos tiene, cómo va de salud, si piensa hacer un viaje, cómo es su núcleo familiar, que... Aquel interrogatorio le llevó a dudar al cliente de las dotes de adivino de aquel señor tan preguntón. Y más cuando se percató de que no paraba de teclear en su portátil, tanto que no se cortó a la hora de preguntarle. ¿No estará usted consultando a la IA? ¿Usted también es adivino? Lo ha clavado.
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24 ago 2026

La Perejila

Así se llama la vendedora del puesto de legumbres de la plaza de San Fernando. Es el nombre que ha heredado de su madre, su abuela y de no se sabe cuántas antepasadas. Su puesto se compone de una silla donde asienta sus posaderas, unos sacos siempre abiertos donde muestra su mercancía y una lona que, atada por un lado a las cartolas de un carro y por el frente a una farola de la calle, protege a la mercancía y a ella del sol y de la lluvia ocasional. Tiene una lengua muy suelta y una cabeza ocurrente, por lo que no faltan curiosos y compradores en el puesto. Ayer, por ejemplo, me acerqué allí y vi cómo separaba los garbanzos negros de un saco y se los tiraba al burro que tenía detrás ramoneando en un arbusto. Un paisano no pudo resistir la curiosidad. Perejila, falta le hacen al pollino, que lo tienes muy flaco. Bien listo que se ha vuelto, respondió. Pocos garbanzos te dieron de pequeño, ahora te vendría bien a ti para mejorar tu inteligencia, que tu familia... Para, para, se defendió el aludido. Dame un kg. Las risas acompañaron la venta, pero todos acabamos comprando algo ante la amenaza de La Perejila. El que no me compre garbanzos se queda tonto para toda la vida, si no, fíjense en el burro. Todos miramos al asno y, oh sorpresa, vimos que llevaba puestas unas gafas que parecían, por lo menos, graduadas. De verdad, parecía un CEO.
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21 ago 2026

Rodeado de sospechosos

Viajaba en el tren en un trayecto largo de esos que dan para charlar con otros pasajeros, mirar el paisaje, tomarse un tentempié e incluso dormir. Dormir, eso es lo que me pasó. Cerré los ojos y no sé el tiempo que estuve totalmente perdido en los brazos de Morfeo. Al despertar vi que algunos me estaban imitando, otros seguían en vela impasibles. De pronto me entró una angustia al comprobar que no tenía el móvil. Registré mis bolsillos, miré en el suelo, en mi asiento y no lo hallé. Me lo han robado, pensé. Escruté la cara de todos y todos se convirtieron en sospechosos, en todos vi indicios de la autoría, a todos odié y temí, de todos hice hipótesis que les incriminaban. Al poco noté un sonido suave y familiar que siguió in crescendo. El corazón me dio un vuelco y la sensación de alivio ocupó mi mente. Palpé uno de los bolsillos de mi chaqueta que no había revisado antes y allí, efectivamente allí, estaba el causante de mi zozobra. Otra sensación empezó a dominarme. Me sentí un miserable.

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19 ago 2026

Unas ven otros no ven

La mujer salió al balcón y estuvo un rato disfrutando del paisaje, las montañas, los árboles y el río esquivo que apenas se dejaba ver. Se sintió sumida en una paz reconfortante. Al volver al interior de la casa se quedó sorprendida al ver un mosquito aplastado contra el dintel de la puerta. Juan, gritó, ¿has visto este cadáver? El marido se acercó curioso. Sí, es un mosquito que aplasté con la zapatilla una noche. ¿Hace cuánto? Una semana, creo. Y ¿no lo has visto desde entonces? Todos los días lo veo. ¿Y no se te ocurre quitarlo de ahí? Se encogió de hombros, se quitó la zapatilla de andar por casa, la restregó con toda su buena voluntad en la madera y se la calzó de nuevo. ¡So cerdo, sacude por el balcón la zapatilla! El hombre se encogió de hombros, lanzó lo que quedaba de mosquito a la calle y se metió en casa a ver un partido del mundial de fútbol. Ella se acodó en la barandilla y trató de recuperar la paz perdida.
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17 ago 2026

A veces triunfa la verdad

Lucía fue injustamente acusada de robar. Frecuentemente faltaban cosas en las mochilas de sus amigas y toda la clase se puso en guardia. La maestra habló de registrar las mochilas al salir y aquello parece que se calmó. No obstante, las sospechas circulaban de boca en boca y, sin pruebas, comenzó a rodar la acusación infundada de que había sido ella. Nada se puede hacer para demostrar mi inocencia, lloraba en casa la niña. ¿Cómo que no?, protestó la madre. Mañana iré yo a aclararlo con la maestra. Y así lo hizo. Ambas admitieron que a niña lo negaba todo, que sufría por ello y ambas la apoyaron, pero más no se puedo hacer. Así que Lucía vivió siempre con ese sambenito. Pasaron los años y vida siguió dando vueltas, pero en una fiesta donde la desinhibición campa a sus anchas una antigua compañera le desveló entre risas que la ladrona era ella, que eso eran cosas de crías, que no tenía importancia. Lucía se quedó atónita y solo acertó a tirarle a la cara todo el vaso de cerveza que tenía entre manos. Qué rencorosa eres, oyó que le decían. Te estoy pidiendo perdón. Días más tarde en una red, que visitaban la mayoría de excompañeras de estudios de las citadas, apareció una entrada que decía: Mirad a Lucía con otros ojos, ella no fue la ladrona en 6º de Primaria, fue Araceli, repito, A-ra-ce-li. Se lo confesé yo misma hace unos días. Yo solo quiero quitarme de encima un peso que he llevado en los últimos 10 años. Desde hoy, por favor y por honradez, miradla con otros ojos. Ella se lo merece.
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