30 ene 2026

La historia del bien y el mal interiorizada

Cuando murió el Cid Campeador, me contaban de niño, ganó aún una última batalla. Le colocaron encima de su caballo Babieca, colocaron como pudieron su espada Tizona ceñida en el flanco derecho y lo hicieron cabalgar por fuera de las murallas de la ciudad de Valencia que los almorávides tenían sitiada. El enemigo, al verlo, huyó despavorido haciendo posible que las tropas castellanas de Alfonso VI escoltaran a doña Jimena, la viuda, y se libraran del asedio aquel que tuvo lugar en el año 1102. Y siendo niño, confieso, quedé impresionado de tal manera por aquella hazaña que cada vez que veía un western de John Wayne, Henry Ford o quien fuera, siempre veía la misma historia, la de cómo los buenos siempre “pueden” a los malos. Creo que así sigo, lo tengo muy interiorizado. 
Hasta deseo que el futbolista que simula un penalti se encuentre con un rival justiciero que le rete, le haga un “caño” que le humille, le ponga en su sitio y le haga quedar como un villano. Je, je, se ve que no tengo remedio.
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28 ene 2026

Y Lavoisier murió en la guillotina

Da para un rato leer todos los conocimientos científicos que se asientan en las investigaciones de Antoine-Laurent de Lavoisier. Por algo es considerado merecidamente el padre de la química moderna. Pero hay un algo que chirría en la biografía de este científico ejemplar. Y es nada manos que su enemistad con Jean Paul Marat, un líder de lo más radical de la Revolución Francesa. Este hombre, que antes de dedicarse a la política en cuerpo y alma había sido un médico e investigador de prestigio, parece que había presentado en su momento en la Academia de Ciencias de Francia un trabajo un tanto flojo sobre el fuego, y quedó muy molesto con Antoine Lavoisier por su oposición a tomarlo en cuenta. El padre de la química moderna, además de gran científico, era fermier, una concesión del estado para su familia que consistía en recaudar contribuciones para el estado y, de paso, enriquecerse. Esto le bastó a Paul Marat para enjuiciarlo, expulsarlo de la Asamblea, despojarle de sus cargos y posesiones y hacerlo acabar en el patíbulo, un día 8 de mayo de 1794, cuando contaba con 49 años. A pesar de que sus amigos le defendieron no valió de nada. El presidente del tribunal, un tal Coffinhals, dejó claro que la República no precisa ni científicos ni químicos: no se puede detener la acción de la justicia. Y así fue. Su amigo, el matemático Lagrange, dejó una frase para la posteridad: Ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero quizá ni en un siglo aparecerá otra que se le pueda comparar. Y cosas de la vida en aquellos tiempos tan convulsos. Al año de su muerte, la nueva Asamblea Nacional exoneró de toda culpa a Antoine Lavoisier en una carta que enviaron a su viuda confesando que el difunto fue falsamente condenado. Coffinhals y Marat, lo comento así como de paso, también hicieron uso de la guillotina y dejaron rodar sus cabezas como mandaba la Revolución. A veces, confieso, da asco leer la historia.
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26 ene 2026

Ley de Conservación de la Materia

La gota de esta historia descendía por el cielo a toda velocidad. Estaba orgullosa de su porte y lustre y le picaba la curiosidad por conocer el mundo de allá abajo, como decían en la nube donde se crio. Vio boques, campos, ciudades, ríos y un mar donde elegir. Y justo ahí fue donde cayó y calló para siempre diluida entre una muchedumbre de gotas que se despersonalizaban y sucumbían en el anonimato de una masa de agua. Y así se acabó su ilusión, su proyecto de vida y su existencia misma sin que le diera tiempo a ciscarse en Antoine Lavoisier, aquel sabio francés que afirmaba que “nada se destruye, todo se transforma".
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23 ene 2026

Precariedad y poesía

Los recién casados se acurrucaban en la cama para huir del frío que se colaba por las rendijas de la casa. El primer rayo de sol del amanecer dejó a la vista las telarañas acumuladas en un ventanuco. Hoy las limpio con la escoba, dijo él. No, espera a que compre unas cortinas, dijo ella.
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