11 sept 2026

El secreto de la confesión

Cuando Moisés recibió en el Sinaí “Las Tablas de la Ley”, regresó muy feliz con sus gentes. Aquí os traigo el decálogo con las normas que todo seguidor de Yahvé deberá cumplir. No hizo falta argumentar más, todos lo aceptaron, porque todos tenían miedo de ser condenaos al infierno, que no era cuestión de jugar con el destino. Pero se abrió un debate espontáneo sobre la dificultad de cumplir aquellos mandamientos. Les pareció que no era difícil honrar y respetar a Jehová, a los padres y al prójimo. Eso era de cajón, pensaban. Pero lo de no matar era complicado, porque a menudo entraban en guerra con los vecinos y no había más remedio. Lo de robar estaba bien, pero más de uno se preguntaba qué podían hacer si pasaban hambre o se quedaban desamparados. ¿Y no mentir? Vaya, era una forma inocente de librarse de problemas, argumentaban otros. Más complicado fue lo de no fornicar. Jopé, con lo que nos gusta, comentaba la mayoría. Mira que ponen condiciones, se quejaban los jóvenes. Y no tener deseos ni pensamientos lujuriosos ¿por qué está prohibido? Aquello amenazaba rebelión, pensó Moisés abrumado por lo que veía venir. Bueno, les dijo. Dios perdona los pecados siempre que los confeséis, os arrepintáis y prometáis no reincidir. ¿Cuántas veces nos perdonará? Las que haga falta, no seáis desconfiados. ¡Ah, exclamaron todos aliviados! Y así hasta hoy.
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