30 ene 2026

La historia del bien y el mal interiorizada

Cuando murió el Cid Campeador, me contaban de niño, ganó aún una última batalla. Le colocaron encima de su caballo Babieca, colocaron como pudieron su espada Tizona ceñida en el flanco derecho y lo hicieron cabalgar por fuera de las murallas de la ciudad de Valencia que los almorávides tenían sitiada. El enemigo, al verlo, huyó despavorido haciendo posible que las tropas castellanas de Alfonso VI escoltaran a doña Jimena, la viuda, y se libraran del asedio aquel que tuvo lugar en el año 1102. Y siendo niño, confieso, quedé impresionado de tal manera por aquella hazaña que cada vez que veía un western de John Wayne, Henry Ford o quien fuera, siempre veía la misma historia, la de cómo los buenos siempre “pueden” a los malos. Creo que así sigo, lo tengo muy interiorizado. 
Hasta deseo que el futbolista que simula un penalti se encuentre con un rival justiciero que le rete, le haga un “caño” que le humille, le ponga en su sitio y le haga quedar como un villano. Je, je, se ve que no tengo remedio.
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