Todos los días en los que organizaba el aperitivo en su jardín le gustaba tirar los huesos de aceituna al césped delante de sus invitados. Si un día veis crecer un olivo os regalo la casa, presumía. Y ese día llegó. Su suegra le señaló al final de la siguiente primavera en una esquina del seto cómo brotaba una plantita con tres hojas inconfundibles. Era un olivo. Eres hombre de palabra, retó ella. Él la miró amenazadoramente. Tengo fotos y testigos, se defendió ella levantando las palmas de la mano con una sonrisa malévola. Es un embuste, argumentó él. No, hay más, parece esto el huerto de los olivos. La evidencia era abrumadora. Hoy día él sigue viviendo en la casa, es el jardinero, su esposa y la madre de la susodicha viven como marquesas.
__________
No hay comentarios:
Publicar un comentario