14 nov 2025

Selvas hay en todas partes

Estaba tan cansada que se sentó delante del televisor a ver lo que fuera. Encendió el aparato y se quedó con los ojos clavados en lo que veía: Un león de melena soberbia zarandeado en el aire por un rinoceronte. Se fijó mejor y vio cómo un colega del paquidermo llegaba a la carrera y embestía de nuevo con su cuerno al desdichado rey de la selva que volvía a salir por los aires como si fuera un trapo. Inmóvil, no pudo ver cómo el grupo se apresuraba a rodear a una cría que parecía aparentemente sana. Entonces se arrancó el narrador dando cuenta de lo sucedido. Resaltaba la valía del grupo para defenderse y la inferioridad del rey de la selva ante el colectivo. Y repetía aquello de depredador humillado. Y ella, la televidente de esta historia, se durmió en el sofá soñando que era un unicornio que embestía a su marido por su estúpido complejo de superioridad, a sus hijos por abusar de todas sus energías y comerse su tiempo, a la vida, porque le enseñaba que ser sumisa, servicial y resignada era su papel en este mundo. Tuvo mal dormir, porque cuando se incorporó lo hizo con el genio de un rinoceronte furioso y acabó poniendo firmes y en guardia a toda la familia. Aquella noche los dos hijos y el padre no dijeron ni “mu”. En el fondo eran buena gente.
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