No saben ustedes lo que cuesta mantener el aire limpio, gritaba el alcalde del pueblo de Engrudo de Abajo. Estaban en un pleno del ayuntamiento en el que los partidos de la oposición se negaban a aceptar la última propuesta. Hemos colocado, gritaba, filtros de carbono en todas las chimeneas fabriles y domésticas, hemos montado turbinas en todos los puntos cardinales del pueblo para expulsar lejos el aire lleno de miasmas que se enredan en los tejados de las casas, hemos reforzado los programas de prevención de enfermedades respiratorias, hemos subvencionado el aislamiento de ventanas y puertas en las viviendas y comercios, también el empleo de mascarillas, la instalación de sirenas y medidores de calidad del aire, hemos... Los partidos de la oposición protestaban tan ruidosamente que hacían imposible seguir el discurso del regidor. Engrudo de Abajo era un pueblo rodeado de minas de carbón y dominado por una central térmica que suministraba electricidad a medio país. Pero no cesaba la disputa. La esperanza de vida de los paisanos, gritaba fuerte el líder la oposición, no supera los 60 años. Nos matan, gritaba un espontáneo en la tribuna de invitados... El alcalde dio un sonoro golpe en la mesa y pudo hacerse oír con una frase rotunda que ha pasado a la posterioridad. ¡Desde hoy en adelante en Engrudo de Abajo cobraremos el impuesto del aire, el que quiera respirar que pague! Y no dio pie a las discrepancias. La mitad más uno de los ediles presentes, los del partido mayoritario, votó a su favor y se cerró el tema. Por la noche en la televisión local, un locutor curtido en mil batallas lo anunció poniendo como telón de fondo la música del Réquiem de Mozart: A partir de hoy espirar e inspirar de pago, expirar gratis.
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