Érase una vez un asno filósofo que tomaba siempre las decisiones tras una sesuda reflexión. Era admirado por todos y su dueño Buridan, tenía tanto prestigio que impartía clases en la Universidad de París. Este maestro tuvo en vilo a la intelectualidad del momento con una paradoja que dice que le planteó a su asno. Nada menos que le presentó un dilema: le ofreció para comer dos haces de heno colocados uno a su izquierda y otro a la derecha, ambos a la misma distancia. El pobre burro comenzó a darle al caletre pensando cuál de las cargas comería primero, pero como eran equidistantes, no se decidió por ninguna. Así que murió de inanición. Nos podemos imaginar lo que discutieron los coetáneos de Jean Buridan, allá por el S. XIV. Muchos rieron, otros sintieron pena por el pobre burro filósofo y hasta hubo gente que se lo tomó muy en serio. El señor Buridán, sin embargo, iba más lejos, pues planteaba que los humanos en todo dilema deben elegir el comportamiento que sirva para alcanzar siempre el bien más grande. Claro, el verdadero filósofo no era el burro, sino Joannes Buridanus, como así se hacía llamar en latín el protagonista humano del relato.
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