Pasó
el filtro de la entrevista de trabajo y fue elegido finalmente. Le
llamó el jefe de personal y le comentó que estaría dos meses a
prueba y que luego el contrato se alargaría a un año y, ¿quién
sabe?, le dijo, podría quedarse con nosotros más tiempo, según
cómo fueran los resultados. Le añadió, entre otras cosas, que era
imprescindible vestir traje y zapatos y que eliminara el pearcing de
la oreja. Carlos tomó nota de todo y se aprestó a cumplirlo. Pero,
siempre hay un pero, el primer día tuvo un disgusto. Fue en la
reunión de la mañana donde se establecía el plan de trabajo de la
semana. Se sentó del modo más educado posible con tan mala suerte
que el jefe de personal vio que entre sus zapatos color whisky y
los pantalones de gris marengo de su traje se interponían unos
calcetines con más colores que el arco iris. Y se lo recriminó. Le
hablé ayer del código de vestimenta... Pero no de los calcetines.
Por dios, es de sentido común. Perdón, no volverá a ocurrir. Y así
fue. Lo que no sabe el jefe de personal es que, el empleado que
dominaba cuatro idiomas y por el que pasaban más de la mitad de los
contratos del exterior, en aquel día preciso se convirtió en
usuario compulsivo de los calcetines de colores. Carlos, ¿hasta con
sandalias los llevas?, le preguntaba su mujer una y otra vez.
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