Sin
embargo, tras su muerte misteriosa se desató el asombro de toda la
comarca de Macondo. La obligada autopsia, ordenada por el ordinario
del lugar, dejó patente tres evidencias incontestables: Primero,
había muerto de un empacho o mala digestión de una sopa de letras
que le preparó su anciana madre, doña Resurrección Adrede.
Segundo, las letras de pasta italiana de fabricación local,
permanecían intactas en su estómago, libres del implacable ataque
de los jugos gástricos. Y tercero y último, las letras fueron
extraídas de su estómago formando una cadena perfectamente ordenada
en la que se leía de manera poco dudosa:
Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo...
La
madre, doña Resurrección Adrede era de otra opinión: Su patente
ceguera le había hecho confundir alguno de los condimentos de la
sopa homicida, pero proclamaba a los cuatro vientos que era por una
intervención divina que su hijo muriera citando mismamente el primer
versículo del Génesis, primer libro del Pentateuco, el que da
inicio a las Sagradas Escrituras que son fundamento de la vida de las
buenas gentes que en el mundo habitan.
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