Una lágrima que
recorre el fino rostro de porcelana de Elena no es un lágrima
inútil.
Raptada por
Paris, antes por Teseo, va camino de Troya, donde será admirada sin
medida y deseada con tanto ardor que acabará provocando un asedio a
la ciudad, un hecho que trascenderá por los siglos de los siglos.
Es lógico que
se le escape una lágrima, fruto del hartazgo de vivir como mercancía
codiciada por hombres borrachos de ego, irremediablemente seducidos
por su belleza.
Pero también es
una lágrima derramada por Esparta y por ella misma. No es una
lágrima perdida.
Su llanto no cae
en terreno baldío, porque, como años más tarde contará la
leyenda, los soldados espartanos que seguían su rastro encontraron
en el camino una planta que les daba vigor renovado y coraje para el
combate. Una planta, el tomillo (thymus
vulgaris),
que desde entonces crece allí donde fueron cayendo cada una de las
perlas que surcaron el fino rostro de porcelana de Elena.
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