4 nov 2026

Ay, la verborrea

Hoy tenemos que hablar, hablaba el abuelo Simón, del laconismo. ¡Ahí va! ¿Qué leíste ayer? Cosas de los espartanos. Habitaban la península de Peloponeso, exactamente en la región de Laconia, cuya capital era Esparta. De ahí viene el término, pues aquella gente era de pocas palabras, usaban las justas y odiaban los discursos largos. La verdad, decía Machuca, que se agradece ir al grano, ¿no? Te traigo un ejemplo. Cuentan que en el siglo V a. C. unos ciudadanos disidentes de la isla de Samos se acercaron a Esparta a pedir ayuda. Estaban enfrentados al tirano Polícrates que dominaba su ciudad y sufrían penurias, hambre y persecución. El tal Polícrates se dedicaba a la piratería en el Mar Egeo y no había ciudad griega que no lo odiara. Las ciudades griegas como siempre peleadas, ¿no? Sí, cierto, pero voy al grano. El asunto es que los embajadores de la isla de Samos fueron invitados a presentar su demanda en la asamblea, donde los ciudadanos espartanos varones mayores de 30 años tomaban las decisiones. El discurso fue largo, lleno de datos, argumentos y peticiones. Al final, los 5 magistrados o éforos que controlaban las decisiones dijeron que no podían poner a votación la demanda, porque “hemos olvidado el principio del discurso, y por lo tanto no hemos entendido el final". Les invitaron a presentarse al día siguiente. Los de Samos entendieron la indirecta y se presentaron a la cita con un saco vacío y un mensaje. Necesitamos harina, dennos grano. La respuesta fue lacónica: Sobran las palabras, con enseñar el saco vale. Y así cuenta Heródoto que se llegó a un pacto entre espartanos y samios. ¿Te ha gustado? Por supuesto, Simón, pero eres poco lacónico, lo cuentas ya como Badaya, je, je. Hay que decir que uno sonrió más que el otro.
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