Sobornó al carcelero ofreciéndose a escribir las cartas a su novia. Lo debía hacer muy bien, porque el guardián se lo agradecía trayéndole comida, ropa y algo para leer. Pero un día le pidió algo imposible: Quiero un espejo pequeño del tamaño de una cuartilla. Está prohibido, te podrías autolesionar, le argumentó. Pues no le pediré más besos a tu novia. Al día siguiente tenía el pedido en la mano. Siguió redactando cartas, tiernas y empalagosas, pero con lo que más disfrutó fue con el regalo. Porque colocó el espejo entre las rejas del ventanillo elevado de su celda y un rayo de sol le acariciaba el rostro cada mañana y la luna le acompañaba al anochecer.
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