12 ago 2026

Cerebro en off

Se subió a la bicicleta, ajustó los rastreles como en los viejos tiempos, palpó el botellín de agua, se colocó bien las gafas, la gorra y empezó a pedalear sudando pronto la gota gorda. Recordó el día que subió el Galibier en tercera posición, cómo lo vitoreaban los espectadores, cómo alguien le daba un empujoncito y cómo al llegar a la cima le dieron un periódico para enfundárselo bajo el maillot y aguantar el frío que le provocaba el sudor de su cuerpo al chocar con el viento. Estaba pletórico, aquel era un mundo donde sufría como un perro y gozaba como un ave rapaz meciéndose en las corrientes de aire que le arrastraban por el cielo. Hasta que sintió un pinchazo en el pie que le hizo soltar el pedal. ¡Ay!, protestó. Abrió los ojos para saber qué o quién era y una voz lo acercó a la realidad. ¡Ha despertado! ¡Ha salido del coma! Intentó moverse, intentó gritar. Imposible, se sintió atado a una cama y se vio cosido a tubos que le mantenían vivo. Allí estaba su mujer, envejecida, quieta y silenciosa soltando unos lagrimones enormes y enseguida estuvo rodeado de sanitarios que aplaudían y le daban golpecitos. No siento nada, no me puedo mover, quiso decir, pero no emitió sonido alguno. Confuso, acabó entendiendo las lágrimas de su mujer y adivinó que su futuro era negro, muy negro. Cerró los ojos y se concentró en la bajada del Galibier, trazando las curvas con temeridad, queriendo pillar a los dos escapados que iban por delante y ver si la victoria era suya o no. Esa era la batalla que quería ganar y no volver a aquel mundo agitado que había visto en un fogonazo de consciencia. Y vio que llegaba primero, que levantaba los brazos, que le abrazaban, que le llenaban la boca de agua, que decían su nombre. Y despertó de verdad, vaya que sí despertó. Digamos que para siempre.
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