10 jul 2026

Crudo oeste

Llegó el deshielo y los caminos se llenaron de barro, pero no importaba, él siempre iba en una carreta tirada por un mulo de aquí para allá, ofreciendo sus servicios. Aquel invierno había sido muy duro y esperaba encontrar clientes. El primero fue un hombre fornido que presentaba un flemón tremendo. Le arrancó la muela sin miramientos, tirando de un alicate que antes esterilizó quemando pólvora negra en un yunque. Ante los gritos de la víctima hizo dos cosas. Su ayudante tocó con un cornetín una marcha militar que había aprendido en su juventud y, segundo, le ofreció una botella de ron que lo dejó borracho y manso sentado en el suelo. La siguiente fue una niña frágil que mostró una muela desgastada que claramente estorbaba en su boca. En este caso fue más delicado y primero le dio un trago de ron que la dejó anestesiada. No hizo falta la música militar. Cuando despertaron se sintieron mejor y pagaron sin rechistar. El siguiente fue el pastor de la iglesia que era abstemio. Dijo que ofrecía su sufrimiento para salvar a los pecadores del pueblo. Y se puso a rezar a gritos. El sacamuelas le dio un perolazo que lo apaciguó. Al despertar pidió permiso para enterrar las tres muelas, porque así las podrían recuperar el día de la resurrección. Tuvo que esperar a tres pacientes más para poder ir al cementerio. Cobró 50 centavos por cada extracción, aunque perdonó al pastor para calmar a su esposa, pues se quejó a gritos de que el caballo se había comido sus flores. Y cambió de pueblo.

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