15 jun 2026

Cuando se ama la naturaleza

El abuelo Juan subió con bastante agilidad al campanario a dar cuerda al viejo reloj de la torre. En las empinadas escaleras se topó con un nido rudimentario y un huevo blanco en medio. Fue una sorpresa. Miró a todos lados y no vio nada. Mientras subía las pesas que movían la maquinaria pensó qué hacer. Llamó a un centro próximo dedicado a recuperar fauna salvaje y expuso su caso. No pasa nada, le explicaron. Si sube una vez cada 10 días, el ave se acostumbrará. No la incomode. Además, le aleccionó. Las lechuzas son escasas, viven con una pareja toda la vida y si muere uno de los miembros, el otro acaba siguiendo el mismo camino. Vale, le haré caso, contestó el abuelo Juan. ¡Ay! Ha pasado más de un año y la historia ha sido otra. El huevo sigue abandonado en el mismo lugar, la lechuza apareció muerta una mañana de agosto y no hay rastro del otro congénere, ni siquiera las egagrópilas, esos restos de comida que regurgitan y abandonan en mitad del campanario. El abuelo lo cuenta con pena. Esta familia se acabó. Estaremos otra temporada sin estos visitantes tan enigmáticos. Ya pasó cuando enterramos a la Irene. Volteamos las campanas con tanta fuerza que tardaron 5 años en volver.
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