Un platónico empedernido
Le bastó una mirada de apenas unos segundos para saber que aquella persona debía ser su prometida. Le entró por los ojos. Su cara, su cuerpo, sus movimientos gráciles, su sonrisa... bastaron para saber e imaginar todas las virtudes que atesoraba, todo el encanto que poseía. Aquella era, estaba convencido, la mujer ideal de su vida. Y tanto gozó con aquella idea que no hubo manera de albergar alguna duda. Entornó los ojos, ensimismado para mejor regodearse en su suerte, y no se percató de que el bus realizaba una parada y la chica amada desaparecía de su vista. Menuda frustración sufrió cuando quiso de nuevo posar su mirada en ella. Creyó enloquecer. Regresó malhumorado a su casa y ya en su habitación, se acercó al poster de su cantante preferida y marcó otra muesca más en la base del marco. Ya iban más de una treintena.
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