Cuculus canorus
Una vez encontré un cuco herido y lo llevé a casa. Curé su ala maltrecha y lo alimenté durante su convalecencia con orugas que encontraba en los desechos de la leñera. Se hizo amigo y se tomó su tiempo para irse. Y hablábamos mucho. Tu madre, le pregunté un día, puso un huevo en nido ajeno y te abandonó, luego tú creciste como un parásito con progenitores de otra especie, ¿no? Movió la cabeza en sentido afirmativo. Y ¿cómo aprendiste tú la trampa de camuflar tus huevos en otros nidos, si tú no tuviste educación de tus padres? El tunante de él se reía abriendo el pico. ¿Por instinto? Ahora se reía más moviendo el pico de arriba abajo. Eres un felón y embustero. Me miró fijamente y negó con la cabeza. Pero yo seguí incordiándole. Dicen que eres un ave con poderes, casi divina, que anuncias tu llegada en marzo con tu “cucu” y eres mudo en verano. Él negaba rotundo girando la cabeza. Y también se cuenta, añadía yo, que el cuco por San Juan se vuelve gavilán. Ahora cerraba los ojos y negaba enérgico con la cabeza. ¡Ah! Hasta los griegos defienden que mutas, lo explicaba Plinio el Viejo hace más de dos mil años. El seguía gesticulando con el pico girando de un lado a otro. Menos mal que Aristóteles sostuvo que erais dos aves diferentes. Ahí esbozó una medio sonrisa y creo que hasta guiñó un ojo. O sea, que es una superstición. Agitó de arriba abajo el pico puntiagudo. Ya, pues no sabes qué decían los celtas de ti. Abrió los ojos. En todos sus mitos aparecen los cucos entre hadas y duendes, además pensaban que os podíais mover por el mundo de los vivos y de los muertos. Encogió las alas como yo encojo los hombros cuando no entiendo nada. Y no te lo pierdas, añadí. En Europa hay creencias varias sobre ti, como que cuando se oye el primer canto del cuco en primavera, si llevas una moneda en el bolsillo no te faltará dinero ese año, si tienes el estómago lleno, no pasarás hambre y si estás sano, no sufrirás enfermedades. ¿Ves en qué consideración te tenemos? Llegados a este punto el cuco se sujetaba la tripa con las alas y no paraba de reírse. Yo, mientras tanto, reía y palpaba mi bolsillo temeroso de estar sin blanca. Y menos mal que no le conté que en los relojes de pared suizos ellos son los encargados de dar la hora.
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