10 feb 2017

Una de sofistas

La hilera de mujeres y esclavos que se acercaba al pozo a cargar los cántaros de agua era larga. Una vez llegados al lugar, primero se refrescaban y después los llenaban hundiéndolos en las aguas para, seguido cargarlos en la cadera, equilibrarlos en la cabeza o llevarlos a hombros. Apostado en el brocal, el filósofo en prácticas Critias de Efeso, disertaba todos los días sobre la conveniencia para los portadores de cualquiera de estas tres alternativas, aconsejando según sexo y edad la que consideraba más conveniente. Ya con la carga encima, su discurso resultaba tan inoportuno que más de un día tuvieron que sacarlo a punto de ahogo del mismo pozo. Pero el persistía una y otra vez, porque, como él argumentaba, un filósofo sofista era un maestro de la sabiduría. Y ésa era su aspiración.
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