La
hilera de mujeres y esclavos que se acercaba al pozo a cargar los
cántaros de agua era larga. Una vez llegados al lugar, primero se
refrescaban y después los llenaban hundiéndolos en las aguas para,
seguido cargarlos en la cadera, equilibrarlos en la cabeza o
llevarlos a hombros. Apostado en el brocal, el filósofo en prácticas
Critias de Efeso, disertaba todos los días sobre la conveniencia
para los portadores de cualquiera de estas tres alternativas,
aconsejando según sexo y edad la que consideraba más conveniente.
Ya con la carga encima, su discurso resultaba tan inoportuno que más
de un día tuvieron que sacarlo a punto de ahogo del mismo pozo. Pero
el persistía una y otra vez, porque, como él argumentaba, un
filósofo sofista era un maestro de la sabiduría. Y ésa era su
aspiración.
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