22 feb 2016

Astucias de infancia

Don Ernesto, el cura del lugar no daba crédito a lo que sus ojos comprobaban cada mañana: la vinajera con el vino de misa sobrante de cada celebración desaparecía día tras día. Tomó medidas serias, como amonestar y amenazar a los monaguillos o hacer salir a todos por delante y cerrar la capilla con llave. Era lo mismo, porque al día siguiente el vino de misa se había evaporado. Maldecía para sus adentros y se desesperaba, pero jamás pudo imponer penitencia alguna al pecador recalcitrante. 
Y pasaría a la historia como un misterio irresoluto si hoy Juan Badaya no confesara el delito. Era él, el monaguillo taimado que se acercaba por el exterior a la ventana de la capilla blindada y tras empujar la ventana que por la mañana dejaba adrede mal cerrada, el que disfrutaba de aquel vino dulce que los mismos dioses habían preparado para él. Perdón, don Ernesto.
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