Don
Ernesto, el cura del lugar no daba crédito a lo que sus ojos
comprobaban cada mañana: la vinajera con el vino de misa sobrante de
cada celebración desaparecía día tras día. Tomó medidas serias,
como amonestar y amenazar a los monaguillos o hacer salir a todos por
delante y cerrar la capilla con llave. Era lo mismo, porque al día
siguiente el vino de misa se había evaporado. Maldecía para sus
adentros y se desesperaba, pero jamás pudo imponer penitencia alguna
al pecador recalcitrante.
Y pasaría a la historia como un misterio
irresoluto si hoy Juan Badaya no confesara el delito. Era él, el
monaguillo taimado que se acercaba por el exterior a la ventana de la
capilla blindada y tras empujar la ventana que por la mañana dejaba
adrede mal cerrada, el que disfrutaba de aquel vino dulce que los
mismos dioses habían preparado para él. Perdón, don Ernesto.
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